Migrantes en cuarentena: Historias bajo un mismo techo

Migrantes en cuarentena: Historias bajo un mismo techo

Aylen Bucobo / Periodista venezolana en Chile / @aylenbucobo
Foto: Sebastián Araya – Cortesía EpicentroChile.com

En cadena nacional, el presidente Sebastián Piñera anuncia Estado de Catástrofe, decreto que dejó fuera del ruedo todo tipo de negocio que concentrara personas en un solo espacio. La propagación del COVID-19 empezaba a arrasar en Chile con todos los puestos de trabajo que tenían tanto locales como extranjeros. Abajo las santamarías de todos estos comercios los migrantes quedaron sin empleo. La mayoría a sus casas porque fue la única opción que tuvieron frente a la pandemia.

La crisis de salud pasó a los bolsillos y cuentas bancarias de quienes vieron en Chile una tabla de salvación para rehacer sus vidas. Situación desesperante para todos porque ven lejos su retorno a la actividad laboral y económica del país. Desde el 20 de marzo, al llegar a sus empleos se encontraron con la noticia de que debían retirarse porque los comercios cerrarían sus puertas hasta nuevo aviso. Lo que al principio parecía algo pasajero se convirtió en largas horas, días y meses. El tiempo pasa y la preocupación se acrecienta.

Esta realidad alcanzó a los migrantes que viven en la residencia de Don Pepe, recinto ubicado a pocas cuadras del centro de Viña del Mar, comuna que ahora se encuentra en cuarentena desde el 12 de junio. Allí, la mayoría son venezolanos, en minoría viven haitianos, colombianos y chilenos. Sin importar la nacionalidad, cada uno vive el mismo contexto: la difícil situación de tener que lidiar con el tiempo, mientras todo pasa. No obstante, eso no es lo preocupante, lo verdaderamente grave es cómo seguir subsistiendo sin un sueldo, sin ahorros y con trabajos a destajo que puedan hacer desde casa. Sin duda la fortaleza de todos es admirable.

La residencia…

A mitad de la mañana comienzan a desplazarse por los pasillos de la residencia. El olor a café recién hecho se cuela por los pasillos y las aberturas de las puertas de las habitaciones. Atrás quedó el ruido del hervidor y el vapor que sale por su rendija. Los pasos entre los residentes empiezan a confundirse en el ir y venir hacia las piezas y los golpes del abrir y cerrar de las puertas alertan a los que aún están encerrados.

La cocina es la sala de reunión, el lugar de encuentro obligado. No solo se usa para cocinar sino también para conversar, reír, echar cuentos, incluso sirve para el desahogo de lo que a la mayoría le toca cargar como un costal de papas a diario esperando que toda esta pesadilla termine.

De repente, entre los olores que se confunden con distintos condimentos y la sazón, se escucha al final del pasillo de la cocina: “Casi siempre ha de pasar que cada vez que escuchéis una gaita lloraréis porque en mí te hará pensar…”, de Neguito Borjas. Desde un parlante ubicado de manera improvisada, salen las notas de esta gaita que es parte de la idiosincrasia de los zulianos, y que para los que son de Maracaibo es un himno que recuerda sus raíces y su esencia: es sentirse en casa, la piel se eriza y el corazón salta en el pecho de emoción. ¿Acaso hay un mejor ambiente que ese para cocinar?

Desde temprano, algunos vecinos abren la puerta principal de la residencia y salen al frente a fumar un cigarro y a tomar café, aguantando las bajas y heladas temperaturas con las que a diario amanece Viña del Mar. Los primeros en hacer esta práctica diaria son el señor Ángel y Robert. Ambos venezolanos que comparten la misma habitación, el primero es de la zona occidental de Venezuela y el segundo, de la Capital. Allí, falta nombrar a “El Flaco”, Johandry Montilla es su nombre, quien se encuentra activo porque mantiene su trabajo en la feria de verduras, labor riesgosa por este tiempo, ya que el mercado actualmente podría ser considerado un foco de contagio del virus.

Para ellos, el fumar y tomar café constantemente es una forma de liberar el estrés que causa el pensar permanentemente qué hacer mientras el virus circula. A “El flaco” le afecta el encierro, lo hace feliz salir y poder caminar por las calles de Viña, gusto que en la actualidad no puede hacer seguido. El señor Ángel se las ingenia, ayuda a botar la basura y hace uno que otro trabajo extra en la residencia. De esa manera se gana unos pocos pesos que actualmente se convierten en mucho en comparación a no estar percibiendo nada.

Al final de la mañana se empiezan a ver los rostros por doquier. “La banda de los maracuchos” como son llamados los de Maracaibo por los demás residentes, debido a que por su naturaleza hablan en voz alta y sus carcajadas se escuchan hasta en las habitaciones del cuarto piso, también salen de sus piezas, mientras que otros pasan días y no se les ve la cara.

El rechinar de las escaleras de madera retumba en los oídos de los que aún duermen, pues es inevitable que para la mayoría el reloj biológico no haya sufrido un cambio: acostarse tarde y levantarse tarde. La hora del almuerzo también ha pasado por una modificación y de tres comidas al día, solo se alimentan dos veces. Es tiempo de hacer rendir la compra y apretarse el cinturón. Pese a esto, nunca falta un plato de comida para quien lo necesite. La solidaridad es una cualidad de los migrantes, sobre todo en tiempos difíciles.

Entre tanto, la única opción que tienen es esperar en casa, que por mucho o poco tiempo ha sido la residencia de Don Pepe.

El almuerzo se ha convertido en un compartir solidario donde algunos se unen en grupo y cada uno colabora con algo. El comedor también es centro de largas tertulias y el descanso para quienes buscan romper su rutina y no permanecer en las habitaciones. Las áreas comunes de que Don Pepe no son muchas. Sin embargo, los residentes se las ingenian para compartir los espacios de modo que todos las puedan usar.

Los días son iguales, ya no saben diferenciar si es domingo, lunes o viernes. Algunos callan su preocupación, otros sufren en silencio, pero es común la incertidumbre de desconocer cuándo terminará todo. A esto se suma, la familia en Venezuela que espera por la transferencia para poder comer y sobrevivir a la crisis que se vive allá hace años.

Los protagonistas…

Ellos son varios venezolanos, que se unen a compartir: la comida, el tiempo, sus historias, risas, experiencias y preocupaciones. Ella, Karlota oriunda de Maracaibo, llegó a Chile hace más de un año. Emigró por uno de sus hijos que vive en Viña del Mar hace más de dos años, con quien vive a que Don Pepe en una de las mejores habitaciones de la residencia. Luchadora como todas las mujeres venezolanas, las circunstancias no la derrumban, al contrario se mantiene de pie y firme. Se quedó sin empleo el 20 de marzo y desde entonces, solo se ha mantenido con algunos trabajos a destajo y hace más de un mes labora en la residencia y le dicen la “ama de llaves”. Lo que gana solo le alcanza para cubrir el arriendo.

Karlota traga fuerte, mientras se le hace un nudo en la garganta. Sonríe todo el tiempo y se mantiene activa entre la cocina y los pasillos de la residencia. Tiene dos hijas, un nieto y a su mamá en Venezuela, y su único hermano en Colombia. No solo carga el peso de estar lejos de sus seres queridos sino que actualmente no puede enviarles dinero para ayudarlos. Ella se ha convertido en un pilar para los que viven en la residencia, comparte lo poco que tiene con quien lo necesite. Su hijo David, quien trabaja desde que llegó a Chile en una importante y reconocida cadena de restaurantes, al igual está temporalmente cesante, lo cual agrava la situación económica de ambos. Sin embargo, juntos son un roble.

David es ejemplo de cómo un amor a la distancia sobrevive en tiempos de pandemia. Mantiene la relación con su novia hablando por celular las 24 horas el día y no es una exageración.

En ocasiones a Karlota se le llenan sus ojos de lágrimas al pensar en sus hijas en Venezuela y en ver pasar las horas desde la ventana de su habitación, donde por momentos se queda allí, pensando y respirando su propio sufrimiento: el que ella y solo ella, siente y entiende.

Él es sociólogo, tiene más de un año y medio viviendo en Viña del Mar, también es de Maracaibo y trabaja como ayudante de cocina en un restaurante en Valparaíso. Aquí le tocó aprender a cocinar, porque su mamá en Venezuela le hacía todo. Enrique su segundo nombre, se sostiene con el pago de la cesantía y con lo poco que gana trabajando uno o dos días en una heladería ubicada en una de las zonas más importantes y concurridas de la Ciudad Jardín.

Pese a la situación, Enrique no se desvanece, su fortaleza y buena actitud ante las circunstancias es ejemplo para a otros. A más de uno le ha servido de pañito de lágrimas, porque es alguien con quien se puede conversar cualquier tema abiertamente.

Su única obsesión es la higiene. Por el pasillo se escuchan sus gritos discutiendo con su compañero de cuarto, que ayude con la limpieza y el orden de la habitación. En realidad es un chiste tanto escucharlos como verlos. Ambos se tienen mucha paciencia y tolerancia. Ese compañero es el otro integrante de este grupo, quien mantiene su empleo en el Metro. Casi nunca se ve por los pasillos, trabaja a diario, y cuando está en la residencia, permanece encerrado en la habitación. Pese a que no sociabiliza con casi nadie, es una buena persona.

Karlota, David, Enrique y su compañero de cuarto, viven en habitaciones contiguas, una a lado de la otra. A cualquier hora del día se escuchan los golpes entre las paredes de la habitación, es un código de comunicación que usan para llamarse o a que estén atentos para reunirse en una de las piezas a compartir.

Otros vecinos solo se sientan en algunos lugares de la residencia, caminan por los pasillos con una taza de café en las manos, comparten chistes, bromas, algunos que otros cuentos y vuelven a su rutina: hacer una siesta, ver televisión, cocinar, ducharse y algunos se buscan la vida llevando pedidos en bicicleta o moto.

Solo las cuatro paredes que rodean cada habitación saben lo que ellos piensan, sufren y padecen. En la soledad de los pasillos se siente esa tristeza que a veces empaña las ventanas de las habitaciones como el frío que arropa la residencia en las mañanas y cuando entra la noche, donde todo se vuelve un silencio tan intenso, que solo se escucha el aullido de los perros de la cuadra que retumba a lo lejos mientras las agujas del reloj siguen girando y dando la vuelta para caer siempre en el mismo lugar y seguir la rutina diaria a que Don Pepe, donde todos además esperan que el sol salga para correr las cortinas de su piezas y dejar entrar sus rayos y el calor, y encontrar así un poco de abrigo en medio de las bajas temperaturas.

La que escribe…

Lo cierto es que la residencia es como la Vecindad del Chavo, en la que camino a paso lento todos los días sigilosamente, a veces como si buscara encubrir y a la vez, descubrir un secreto entre los pasillos y las paredes heladas, entre el comedor y el gran ventanal, cuyas cortinas siempre están corridas y por donde entra sin permiso la brisa fría y nos sorprende como un puñal cortante en la piel, mientras paso por un lado a veces para subir las escaleras e ir a la terraza donde está ubicada la lavandería y en otras ocasiones, para llegar a la cocina, lo que se ha convertido en mi rutina diaria desde que inició la cuarentena en Viña del Mar.

A que Don Pepe, comencé a escribir en un computador que es para el uso de todos y donde, pese a la falta de privacidad por estar situada en medio de un pasillo, no dejaba escapar la musa. Ahora, escribo en el silencio de mi habitación, en la que paso este tiempo descifrando en mi cabeza las letras que luego plasmo y trato de darles vida.

Bajo el mismo techo, donde suceden y se entrelazan tantas historias que en este escrito quedarán mudas, compartimos el sonido de la lluvia al caer que particularmente me recuerda a mi casa en Venezuela y trae a mi mente recuerdos de momentos vividos con mi familia que hoy no tengo físicamente a mi lado.

Esta residencia ha sido mi hogar desde que llegué hace más de un año a Chile, he pasado por tres habitaciones, hasta que hoy estoy en la que debía ser, tal cual lo expresa un cuadro que tengo en mi cuarto y que por cierto el señor Ángel critica. La pintura o grabado dice “Este debe ser el lugar”, a mi pensar el lugar que sería el ideal por este tiempo para escribir.

Así se vive la cuarentena en la residencia, donde no tenemos más opción que no salir y esperar a que todo pase.