Conozca la historia de «Vallo», el cabimense en silla de ruedas que se gana la vida en Chile vendiendo caramelos

Conozca la historia de «Vallo», el cabimense en silla de ruedas que se gana la vida en Chile vendiendo caramelos
«Yo trabajo en el pueblo vendiendo gomitas, caramelos y tapabocas y un día, cuando regresaba a casa en mi silla de ruedas, un chileno se me acercó y me preguntó porque yo me movía pa’trás, en reversa. El me acompañó en parte del camino y yo le decía que hacía adelante me costaba mucho, que era muy dura, que me dolían los brazos…».
El inicio de esta conmovedora historia nos la cuenta Johan Castillo, «Vallo» o «Vallito», un cabimense de 43 años y con parálisis cerebral, residente junto con su madre, hermano y cuñada, en la localidad chilena de Santa Cruz, en la Sexta Región.
«Vallito», quien llegó a Chile el 4 de mayo de 2018, es un personaje muy querido en esta ciudad de la provincia de Colchagua y perteneciente a la región del Libertador General Bernardo O’Higgins.
¿La razón?  Pese a su discapacidad es una persona afable, con el humor bendito, a la que le gusta trabajar aunque la silla de rueda se tranque, y sonríe siempre, de manera contagiosa.
Por eso, ese señor que le preguntaba porqué se movía en reversa le pidió permiso para organizar, con la ayuda de varios vecinos, un «lucatón», una colecta con la que se le compró una moderna silla eléctrica y se le entregó algo de dinero.
«A mi me quieren mucho aquí porque yo vine a Chile a trabajar», afirma este venezolano, luchador, perseverante y noble. Muy noble.
Castillo se gana la vida en las calles del centro, vendiendo lo que puede. En promedio, cuando no hay restricciones sanitarias, trabaja de 9 a 13 horas, almuerza y regresa a vender golosinas desde las 3:00 hasta las 10:00 de la noche. De lunes a sábado.
Con sus ganancias ayuda a María Amelia, su madre, en los gastos del hogar, y otra parte se la envía a su hija Aslid, que quedó en Venezuela, quien también sufre parálisis cerebral y se mantiene gracias a las ayudas de personas que conocen sus historias.
No les gusta trabajar
«Yo pienso que a esa gente lo que le gusta es que le regalen las cosas», nos responde «Vallo» cuando le preguntamos por la oleada de criollos que en los últimos meses se dedica a negociar con la lastima en Chile, pidiendo dinero en cualquier esquina, muchas veces exponiendo a sus hijos.
En relación con los chilenos, asegura que su relación es especial. «Muchos de ellos dicen que si yo fuera de aquí seguro estaría tirado en una cama sin hacer nada y esperando que me dieran todo. Se asombran por mis ganas de echar palante y por mi entusiasmo», sostiene.
En este momento, por la pandemia pasa un momento complicado. Aunque quiere salir a vender sabe que no puede porque su condición lo hace vulnerable y en su casa, durante el retorno de la cuarentena total solo trabaja su hermano. «Tenemos además unos ahorros, que no son mucho, pero esperamos que nos permita amortiguar».
«Vallito» prefiere sin embargo el optimismo a la duda. Dice que el secreto para cada uno de sus logros es Dios. Siente que su mano lo protege y se remonta a un episodio de sus inicios en Santa Cruz, cuando las empanadas fritas que trataba de vender se quedaban frías en la cava de anime que había comprado. Pero un día, de manera casual, puso sobre sus piernas una caja de gomitas que unos chilenos que discutían desecharon frente a sus ojos. Las vendió rapidísimo y se dió cuenta cuál era el tipo de mercancía que debía vender.
“Dios es lo máximo, como él no hay nadie», insiste.