Detrás de cada mascarilla hay una historia en las calles de Chile

Detrás de cada mascarilla hay una historia en las calles de Chile

Aylen Bucobo / Periodista migrante en Chile


A los venezolanos migrantes en Chile la vida les cambió, no solo porque debieron salir de Venezuela a raíz de la crisis sino que esa misma dificultad, potenciada por una pandemia mundial, los arropa ahora en esta nación. Caminar por el centro de Viña del Mar es sentirme casi en mi país. En cada cuadra observo rostros de venezolanos vendiendo lo que sea para poder sobrevivir a los estragos que está causando el Covid-19. Incluso, algunos mendigan.

Sentada desde una banca, en la que acostumbro de vez en cuando tomarme un café en la calle Valparaíso, entre avenidas Villanelo y Quinta, observé que en la siguiente banca estaba una pareja de venezolanos vendiendo mascarillas. Como cualquier connacional y más migrante aprovechan esta coyuntura lamentable para poder conseguir el sustento de su familia.

La mujer, mientras, ordenaba las mascarillas por tamaño, modelo y precio. Su esposo usaba su labia para ofrecerlas. Y vaya que le funcionó, en cuestión de minutos lograron vender casi toda la mercancía.

Desde mi puesto, pregunté los precios. Me llamó la atención una hecha con tela impermeable, que sirve para la lluvia. Con el entusiasmo que nos caracteriza, mi coterráneo no perdió tiempo en iniciar una conversación conmigo. Hablamos primeramente de dónde éramos: Yo de Maracaibo y ellos de Barinas. Fue inevitable que se dieran cuenta por mi acento de dónde soy.

Durante la conversación intercambiamos experiencias. Ellos tienen dos años en Chile y residen en Valparaíso. Para esos días yo estaba cerca a cumplir un año en tierras australes. El hombre me daba ánimo para que siguiera luchando pese a la situación. Si hay algo bueno en los venezolanos es que no nos detenemos ante nada. La crisis en nuestro país nos enseñó a darle la vuelta a todo y pese a que la situación se torne difícil siempre seguimos adelante.

Una historia

Detrás de cada mascarilla hay una historia en Chile. El centro de Viña del Mar no escapa a esa realidad. Sus calles se han convertido en el escenario ideal para poder sobrevivir. En medio de las bajas temperaturas con las que llegó el otoño y el sol de invierno que arropa a la Quinta Región, muchos migrantes tratan de buscar el sustento de sus familias que el Covid19 les quitó.

Diversos rostros de criollos se mezclan entre haitianos, peruanos y chilenos.

Las mascarillas o como son conocidas en Venezuela «tapa bocas» es la venta segura hoy, y lo que genera ganancias que alcanzan para cubrir los alimentos de sus familias y cumplir con el arriendo del mes. Si bien, la pandemia dejó sin trabajo a la mayoría, muchos se reinventan y por necesidad aprovechan la lamentable coyuntura que atraviesa el país, para poder conseguir los pesos necesarios.

Hay decenas de historias y cada una es diferente. Sin embargo, el común denominador es la zozobra con la que a diario deben lidiar tanto para evitar contagiarse del virus como con la preocupación de quedarse sin un techo y terminar en la calle, debajo de un puente o en un refugio. En sus ojos, se ve en lo profundo la lucha para no caer y dejarse vencer. La desesperación y depresión son dos amenazas latentes que toman fuerza cuando sus estómagos resuenan de hambre, sobre todo cuando ya habían experimentado lo que es el poder alimentarse adecuadamente sin tener límite y remordimiento a la hora de pagar.

La elocuencia es una de las ventajas que caracteriza a mis paisanos para poder vender las mascarillas, que ahora la gente busca en la calle sin freno. De esquina a esquina y a escasos metros de cada cuadra del centro viñamarino, se escucha el inigualable acento venezolano exclamando en voz alta: ¡Mascarillas a la orden! Las arepas y empanadas desaparecieron de los espacios de la zona comercial y sigue siendo una dificultad el tener que estar atentos a la presencia de la autoridad que en la actualidad camina a lo largo y ancho de la ciudad.

El estadillo social desbordó el centro de comerciantes informales, que ahora se acentúa con la crisis que desencadena la pandemia. De tener un trabajo seguro y fijo, hoy están como al comienzo cuando llegaron a Chile: sin trabajo y en busca de algo estable para poder mantenerse y enviar a sus familias en Venezuela. Pese a ello, no pierden el ánimo y siguen siendo optimistas.

Improvisan sus puestos de venta y llegan a mitad de mañana a diario para empezar el negocio que durante el día puede cambiar de lugar por la presencia de alguna autoridad policial o militar que monitorean constantemente la situación en las calles y verifican el cumplimiento del uso de mascarillas.

Para ellos, no es una opción regresar a Venezuela, como lo es para muchos que la situación los derrotó y no encuentran otra salida que retornar. Prefieren sufrir y luchar en el país que los vio nacer que padecer fuera de sus raíces donde deben pagar arriendo porque no cuenta con una vivienda propia. La historia se repite: primero fue el estadillo social y ahora es la pandemia, aunque esta última afecta al mundo entero, pero particularmente a los venezolanos se les suma una batalla más que librar.

Entretanto, otros esperan y ven pasar las horas lentas mientras vuelven a ser llamados de sus trabajos para reactivarse, pues el decreto gubernamental sobre el cierre de restaurantes, centros comerciales, cines y demás lugares que aglomeran personas, los dejó sin empleo.

Muchos debieron cambiar de lugar de residencia en busca de pagar menos arriendo mensual. Ya no importa la comodidad, solo les interesa desembolsar menos pesos, pues la prioridad es poder comer, mantenerse y continuar enviando lo que sea para sus familias en Venezuela.

Tal es el caso de dos esposos venezolanos oriundos de Barinas. Tienen dos años en Chile y cuentan con su carné de identidad. Ella trabajaba de ayudante de cocina parteam mientras que él, pintaba embarcaciones en el puerto de Valparaíso. A él se le nota a leguas que tiene experiencia para enfrentar los momentos difíciles de la vida como actualmente le está sucediendo. Ella quiere regresar a su país cuando pasen los estragos de la pandemia allá tiene a sus hijos. Él si no está dispuesto a volver sin dinero en el bolsillo después de tanto esfuerzo.

«¡Mascarillas a la orden!», así empiezan su día a partir de las 10 de la mañana ybhasta las 15 horas. Durante cinco horas diarias pueden vender más de 50 mascarillas, cada una dependiendo del modelo y la tela, entre 1000 y 2000 mil pesos. Venden tras la sombra de los carabineros que caminan por el centro quitando a los vendedores deambulantes, como todos los demás al ver la presencia de un uniformado recogen rápido su mercancía.

Ella lloraba todos los días desde que quedó sin trabajo. Su esposo recordaba que las lágrimas no las podían salir a vender y la hizo reaccionar de que debían moverse a buscar los pesos para llevar a su casa y así, seguir sobreviviendo. Son tiempos difíciles, pues en una misma cuadra se ven en parejas varios venezolanos vendiendo lo que sea para salir adelante. Comentan entre ellos, que a veces la familia en Venezuela no sabe lo que viven en Chile, no solo deben lidiar con ser extranjeros en otro país y las bajas temperaturas sino que también ahora se suma el hecho de quedar desempleados sin tener un techo propio donde poder llegar a descansar.

Otros que aún mantienen sus trabajos ruegan a Dios poder seguir sustentándose. La situación es desesperante pero a la distancia se aprende a tener paciencia y fortaleza, a esperar a que todo pase y seguir batallando en medio del quiebre.

Rescato en este escrito lo dicho hace tempo por una amiga y colega que hoy como yo es migrante pero en otro país: «Ojalá llegue el día en que todo los venezolanos podamos vivir en paz en cualquier parte del mundo».

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