Opinión

Venezuela: un poder que obedece y un país que aún no decide / Alfonso Hernández Ortiz

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En política internacional, los cambios decisivos rara vez llegan con discursos épicos o con la caída visible de un régimen. Casi nunca existe un día exacto en que todo se rompe. A veces, el poder simplemente se desplaza mientras la fachada del Estado permanece intacta. Las instituciones siguen allí, las banderas continúan ondeando y los funcionarios mantienen sus cargos, pero las decisiones centrales ya no se toman en el mismo lugar.

Eso es lo que ocurre hoy en Venezuela.

Un mes después de la captura de Nicolás Maduro en Caracas y su traslado a Nueva York bajo custodia de Estados Unidos, el país no entró en una transición clásica ni en un colapso institucional. No hubo vacío de poder ni ruptura dramática. Emergió algo más silencioso y, precisamente por eso, más profundo: un gobierno que permanece, pero bajo condiciones externas cada vez más visibles.

El palacio sigue en pie, pero muchas decisiones ya no se toman allí. Las decisiones estratégicas comenzaron a moverse con una lógica distinta. Petróleo, espacio aéreo, liberaciones de presos políticos, reformas legales y apertura económica empezaron a ocurrir con una sincronía difícil de explicar como iniciativa exclusivamente interna. El ritmo comenzó a venir de afuera.

Y en diplomacia, los gestos pesan tanto como las palabras.

Estados Unidos no ha nombrado embajador en Venezuela. No es un detalle administrativo. Nombrar un embajador implica reconocer formalmente a un gobierno. No hacerlo mantiene una ambigüedad calculada: existe interlocución, pero no legitimación plena.

La encargada de negocios estadounidense, Laura Dogu, se ha reunido con Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez. Sin embargo, al informar esos encuentros evita referirse a ellos por sus cargos institucionales. Los nombra por sus nombres. En diplomacia, lo que no se nombra no se reconoce. Ese lenguaje revela la arquitectura real del momento: un poder que funciona, pero bajo observación y condicionamiento. Un gobierno que administra, pero ya no define completamente el rumbo estratégico.

Durante años, el debate venezolano se redujo a una dicotomía sencilla: dictadura o transición, chavismo u oposición, sanciones o negociación. Hoy el escenario es más complejo. El poder interno no desaparece, pero opera dentro de límites cada vez más estrechos. Administra, ejecuta y se ajusta para sobrevivir.

Esa lógica explica decisiones que durante casi tres décadas fueron políticamente impensables.

Delcy Rodríguez y el entorno político que hoy administra el poder tuvieron 27 años de control del Estado venezolano, con ingresos petroleros récord y dominio institucional casi absoluto. Sin embargo, nunca impulsaron reformas estructurales como las que ahora aparecen en cuestión de semanas.

Los cambios no surgen cuando hay abundancia. Surgen cuando no cumplir implica riesgos reales para la permanencia en el poder. No es reforma ideológica. Es supervivencia política.

Mientras tanto, en la calle ocurre algo que puede resultar tan decisivo como cualquier negociación diplomática: el miedo comienza a erosionarse. Estudiantes universitarios y familiares de presos políticos volvieron a movilizarse
exigiendo la aprobación de una ley de amnistía prometida tras la salida de Maduro.

En las protestas reaparecieron consignas que durante años fueron silenciadas por la represión. “La libertad está en la calle y no la para nadie”, gritaban manifestantes. Otros coreaban: “Son los estudiantes en la calle otra vez”.

Entre la multitud se escuchaba el mismo reclamo, cargado de indignación y dolor: “Ya basta de llevarse a la gente secuestrada. Ya basta de tenerlos años presos sin presentar una sola prueba. Esto es inhumano. Queremos justicia y libertad”.

Son protestas fragmentadas, nacidas del colapso cotidiano: servicios públicos deteriorados, salarios insuficientes, universidades desmanteladas y familias que aún esperan liberaciones. Pero contienen un elemento peligroso para cualquier poder: rabia acumulada.

Cuando el miedo empieza a romperse, el cálculo político cambia. Ningún gobierno teme tanto a la oposición organizada como a una sociedad que pierde el miedo. La pregunta inevitable es qué hará el poder si estas protestas crecen. ¿Volverá la represión abierta? ¿Se multiplicarán las detenciones selectivas? ¿Intentará sofocar el descontento antes de que se convierta en ola?

Y si eso ocurre, ¿hasta qué punto lo tolerará Washington en un contexto donde la estabilidad energética y regional se ha vuelto prioritaria?

Aquí aparece otro factor decisivo: el tiempo. Estados Unidos entra también en un ciclo político que puede modificar matices en su política exterior. Donald Trump, J. D. Vance, Marco Rubio o un eventual liderazgo demócrata representan estilos distintos, pero comparten un dato central: la seguridad energética y la estabilidad regional seguirán siendo intereses estratégicos. Lo que puede variar es el énfasis entre pragmatismo geopolítico y presión por derechos humanos.

Para Venezuela, eso significa que el tablero externo también se mueve mientras el país intenta redefinir su propio rumbo. Al mismo tiempo, la oposición enfrenta su propio dilema. María Corina Machado logró reconstruir un liderazgo opositor que parecía extinguido y concentra hoy expectativas reales de cambio. Sin embargo, la pregunta clave sigue siendo si el
sistema permitirá una competencia electoral capaz de poner en riesgo el control del poder.

La experiencia reciente muestra que cuando la oposición amenaza seriamente la continuidad del gobierno, aparecen inhabilitaciones, judicializaciones o cambios de reglas. El sistema se adapta para sobrevivir.

Si María Corina regresa plenamente al escenario político interno, el poder deberá elegir entre contenerla y asumir el costo internacional, o permitirle actuar y enfrentar un desafío electoral real. Mientras tanto, la economía muestra señales contradictorias. Hay intentos de normalización, inversiones condicionadas y aperturas parciales en sectores estratégicos. Pero sin seguridad jurídica plena, cualquier recuperación seguirá siendo frágil. Un país puede mejorar indicadores económicos y continuar atrapado
en un bloqueo político.

Ese parece hoy el escenario más probable: estabilización parcial sin democracia plena. Elecciones que se celebran, pero bajo reglas asimétricas. Un país que vota, aunque no necesariamente decide. El riesgo mayor no es solo político. Es social y cultural.

Tras años de crisis, muchos ciudadanos priorizan estabilidad sobre confrontación. El poder apuesta a que cierta normalización económica diluya la presión por reformas profundas.

Pero la calma basada en cansancio social rara vez es duradera. La estabilidad que no descansa en reglas confiables termina siendo apenas una tregua. Al final, la cuestión sigue siendo quién define las reglas bajo las cuales se gobierna el
país.

Mientras esas reglas continúen condicionadas desde afuera y el poder interno administre para sobrevivir, Venezuela permanecerá en un limbo: ni colapso total ni democracia plena. Un país con gobierno propio, pero con soberanía estratégica limitada. Un país donde el poder sigue en Caracas, pero muchas decisiones viajan antes por Washington.

El desenlace todavía no está escrito. Cada protesta, cada negociación silenciosa y cada gesto diplomático siguen delineando el camino. Venezuela ya no discute si cambiará, sino quién decidirá cómo y cuándo cambiará. Y lo digo no solo como analista, sino como venezolano que vivió el caos, la represión y tuvo que emigrar: el futuro sigue siendo incierto, pero por primera vez en muchos años se percibe algo que parecía perdido.

No la certeza del cambio, pero sí la posibilidad de que esta vez el país no vuelva a equivocarse cuando llegue la oportunidad.
Porque Venezuela ya no necesita héroes ni salvadores. Necesita reglas que nadie pueda volver a romper.

AUTOR: 
Alfonso Hernández Ortiz
Politólogo y Abogado · PhD en Derecho y Ciencias Sociales
Director de AHO Consulting

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