Darvin Pimentel, el crack del tatuaje que hacía armaduras con los tickets del Metro de Caracas

Darvin Pimentel, el crack del tatuaje que hacía  armaduras con los tickets del Metro de Caracas

Resiliencia. El camino como migrante y artista tatuador de Darvin Jesús Pimentel lo obliga a rehacerse a diario, pero el resultado es efectivamente poderoso.

Este anzoatiguense de 26 años, criado en Caracas, siempre tuvo como ejemplo el talento de Jesús Pimentel, su padre, para el dibujo.

“Me dedico al arte del tatuaje desde enero del 2015, es decir, tengo apenas 6 años de experiencia. He vivido toda mi vida cerca o dentro del dibujo, mi papá tiene alrededor 30 años dibujando, por lo cual desde que nací he tenido contacto cercano con el mundo del arte y lo naturalice convirtiéndolo en un hobbie”, detalla Pimentel, fanático confeso de los videojuegos.

De niño Darvin usaba los tickets amarillos del Metro de Caracas para hacer armaduras a sus muñecos. “Los recortaba y modificaba. Me gustaba todo lo relacionado con el dibujo. Nunca pensé que sería tatuador, la verdad”, sostiene quien, de forma objetiva, reconoce que su trabajo como tatuador en Venezuela no fue el mejor, aunque sí el más bonito”, comenta.

Y así se explica: “Eran mis primeros pasos en el tatuaje y no me imaginaba que iba a aprender ni la mitad de los que sé hoy en día. La escasez de materiales e insumos me hicieron valorar muchas cosas y aprendí a aprovechar al máximo los recursos que tenía y hacer lo posible con lo poco que conseguía”, sostiene.

Darvin llegó a Chile en noviembre del 2017 gracias al apoyo económico que le ofreció Esmeralda, la abuela de sus niños.

Pese a que tenía donde quedarse se enfrentó a una realidad dura y que no había meditado y era el hecho de que su cartera de clientes se reduciría a cero. “Literalmente pasé de tatuar todos los días a no tener clientes salvo un par de contactos amigos de amigos en Venezuela de los cuales tatué solo a uno.

Estuvo un mes sin percibir ingresos, recuerda: “Intenté unirme a un estudio de tatuajes, aunque mi plan era trabajar independiente, pero nunca funcionó porque no tenía la confianza del público. Cuando envié mi portafolio a los estudios de tatuajes todos ignoraron mis correos e incluso en uno me respondieron: ‘Solo trabajamos con artistas invitados’, palabras que calaron en mi mente. Fue duro aceptar que yo confiaba en mí, que sabía lo que podía dar, pero que nadie me aceptaba”.

Perseverancia, gran aliada

Pimentel no se rindió. Siguió enviando correos porque era su única alternativa para no dejar de tatuar, ya que había pasado demasiado tiempo y necesitaba dinero. “Pensé en dejar de tatuar y dedicarme a otra cosa, pero gloriosamente conseguí respuestas positivas en tres estudios: uno estaba en Viña del Mar y me dijeron que ‘no’, cuando los visité; en otro no se acoplaban a mi manera de ser; y finalmente logré ingresar al último”, detalla.

Luego de ingresar al estudio, si bien podía generar ingresos, vivió momentos complejos debido a su inexperiencia. “Yo decidí ser sencillo, como mis padres me enseñaron, para no hacerme el plan del gran tatuador y dejé que estos clientes fueran con los tatuadores más viejos. No quería enemigos, poniéndolo en el plano económico, claramente me afectaba porque cerraba un proyecto cada dos o tres días, pero fue lo mejor, así conocí a unos de mis mejores amigos José Balmaceda, quien luego sería mi socio”, explica.

Desde ese momento su talento y su confianza se dispararon.

Siente que hay un gran cambio en él y sus clientes se lo hacen saber de manera permanente. “Todo avance que pude tener como artista es por referencia de mis clientes y las respuestas que me dan. Son esas emociones que me regalan cuando, por ejemplo, realizo el rostro de un bebé o una abuela que tuvo que dejarnos en este plano y al mostrarlo a su familia, es el mejor de los premios. Muchos no pueden contener el llanto”, dice.

Sin embargo, en febrero del año pasado, participó en su primera convención de tatuajes, la «Escudo Summer Ink 2020», donde quedó de segundo en la categoría de realismo. “Para mí el valor del segundo e incluso del tercer lugar, sería el mismo que el primero. Me sentí ganador. Para mi es una tremenda sorpresa tener una agenda de un año entero hoy y hace tres años no tenía nada. Aun no me lo creo”, confiesa.

A Darvin le ha tocado aceptar que para poder crecer y aprender tiene que sacrificar o invertir dinero en seminarios, materiales, horas de sueño y tiempo sin compartir con sus hijos.

¿Cómo valora a los venezolanos migrantes en el mundo y en Chile?

Muy buena, aunque claro, tiene sus matices oscuros de los cuales no me siento orgulloso. Esto es una experiencia más que abre nuestras mentes y fomenta nuestra humildad. Entendemos que hay cosas más allá de nuestro país, cosas que fortalecen más nuestras habilidades y nos internacionalizan. Muchos venezolanos no querían salir de Venezuela, pero fuera encontraron su verdadera pasión.

¿Qué percibe de ellos?

Somos personas que no le tuvimos miedo a empezar de cero. Es importante entender que antes de poder aprender o lograr más hay que reconstruir o sacrificar para valorar las cosas, porque sí, siempre se puede agradecer por lo que se tiene y valorar más.

¿Qué es lo que más le ha sorprendido de sus vivencias en Chile?

Yo atiendo toda clase de público porque todos, indistintamente, quieren tatuajes y existe una gran cantidad que me cuenta que sus lugares de trabajo estaban a punto de quebrar y cuando llegó la mano de obra venezolana pudieron hacer resurgir el negocio donde estaban. Algo que caracteriza a nuestra gente es que no tiene miedo a tomar ciertos trabajos o esforzarse un poco más con tal de poder lograrlo.

Algo que tampoco me deja de sorprender es la labor de los médicos venezolanos, que como todos entenderán, la tienen más difícil que el resto porque no es simplemente llegar y trabajar. Básicamente tienen que volver a estudiar para poder ejercer y de igual forma lo hacen, bravo por eso.

He conocido de todo, ingenieros, contadores, abogados, profesores que llegaron a servir mesas y eso nunca me deja de sorprender, los admiro.