Migración, desperdicios e interculturalidad

Migración, desperdicios e interculturalidad

Este texto forma parte de la ponencia del antropólogo Alejandro Grimson, en eI Seminario internacional sobre diversidad cultural en Chile, en 2016.

“La historia de la humanidad es la historia de la migración. Todos los pueblos han migrado en algún momento de la historia. Y todos somos potenciales migrantes.

‘Nunca digas nunca’, postula el dicho. Si tus antepasados jamás migraron, no eres humano. El homo sapiens nació en un único lugar de África. Ningún pueblo americano proviene de América. Ningún pueblo europeo proviene de Europa. Sencillamente, nadie estuvo “siempre allí”. Es pura ciencia, puro dato arqueológico.

Migrar es desplazarse de un territorio a otro. Muy pocos lo hacen por curiosidad. O por amor. En el fondo, la inmensa mayoría de quienes se desplazan de un territorio a otro lo hacen por un mismo motivo: la desigualdad. A veces se trata de pobreza y desigualdad económica.

Otras veces es desigualdad por opresión política, por guerras o desastres naturales. En cualquier caso, la seguridad de su vida y de la vida de su familia se encuentra seriamente comprometida. Emprenden un camino triste, muchas veces desolador, por circunstancias que ellos mismos no han elegido. ¿Quién estaría dispuesto a permanecer inmóvil cuando su vida y la de los suyos corren peligro? ¿Quién está dispuesto a permanecer inmóvil mientras el mundo se le cae en la cabeza?

A veces salvar la propia vida impulsa a los seres humanos a transformar sus horizontes. A llegar a zonas extrañas. A sentirse fuera de casa. A explorar, arriesgarse. El desamparo en casa nos hace procurar nuevo refugio. La desesperanza ante lo propio, lo conocido, lo habitual, abre una angustia. El rumor, el conocimiento, las noticias o simplemente la ilusión de que haya una región más alejada de la tristeza y el sufrimiento, fabrican esperanzas.

No solo en el Paleolítico el ser humano dejó atrás sus zonas de caza o de recolección para expandirse por el planeta, habitándolo. Siempre hubo historias de desplazamientos, también originadas en la esclavitud, en la guerra, en el avance de los imperios, en las hambrunas.

Por algo el segundo libro del Pentateuco se titula “Éxodo”, que proviene del griego éksodos y significa “salida”. ¿Por qué el término ya existía en griego? De este modo, el Antiguo Testamento inscribe la narrativa en el sufrimiento, la desigualdad y la ilusión. No solo en virtud de la idea de la Tierra Prometida, sino también debido a otros desplazamientos. Ya en el Génesis, Dios genera la diversidad lingüística como castigo ante la supuesta ambición de Babel y desparrama a los seres humanos: “Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad”. Dios le indica a Abraham: “Vete de tu tierra”, y más adelante, cuando Abraham parte a Egipto, emprende una migración clásica: “Y hubo hambre en la tierra, y descendió Abraham a Egipto para morar allá, porque era grande el hambre en la tierra”.

Luego, en Éxodo, Moisés le dice a su pueblo: “Tened memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto, de la casa de servidumbre, pues Yahvé os ha sacado de aquí con mano fuerte”.

El hambre es bíblica. La migración es bíblica. Migrar tiene una mística. Desde que se escribió Éxodo esa narrativa puede estar relacionada con la identidad.

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Nada permanece incólume a la historia. En el Neolítico surgen las ciudades que desde hace miles de años atraen a la población. En el 2008, más de mitad de la población mundial vive en ciudades, pero ya desde 1960 más de un tercio de la humanidad habitaba en ellas.

Luego, con los imperios, surgió otro tipo de desplazamientos territoriales. Los europeos que llegaban a América no se preguntaban por las legalidades territoriales locales ni por la legitimidad de sus actos. Esta emanaba de la ausencia de toda pregunta, del propio acto de ocupación, del sometimiento y de la muerte.

Mucho tiempo después, más de 40 millones de europeos huyeron hacia América entre los años 1870 y 1930, la gran mayoría escapando de la hambruna y de la represión política. En total, se trataba de más del 2% de la población mundial. Casi el 10% de la población de Europa se desplazó a América.

En 1914, el 80% de los trabajadores de la ciudad de Buenos Aires era de origen europeo. Por todo ello, resulta extraño escuchar que se hable del momento actual como “la época de las migraciones”. ¿Qué período de la historia no ha tenido migraciones?

No hay época del trabajo, del lenguaje, de la alimentación. Huir de la miseria, salvar la vida de los propios hijos, es un rasgo humano. También lo es defender la vida de otro, incluso la de un desconocido.

La inhumanidad, en cambio, es la propia negación de las migraciones.

Ahora bien, cuando se analizan los desplazamientos en el mundo contemporáneo, es habitual concentrarse solo en las migraciones hacia el norte. Sin embargo, más allá de que las migraciones hacia el norte son más visibles porque resultan perturbadoras para las metrópolis, ¿acaso hay características de las migraciones en el norte del mundo que contrasten con las migraciones al sur?

En realidad, “sur” y “norte” son ya una construcción cultural. Recordemos la frase del famoso poeta chileno Vicente Huidobro: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte”. Esto hace referencia a una distribución de poder, pero no implica ninguna homogeneidad lingüística ni cultural, así como tampoco patrón alguno de migración.

¿Cuál sería la homogeneidad demográfica? Supongamos, exagerando un poco la homogeneidad “del norte”, que allí desciende la tasa de natalidad y crece la inmigración. Tomemos dos casos: Estados Unidos, con poco más de 300 millones de habitantes, tiene unos 40 millones que son inmigrantes. ¿Es ese porcentaje comparable con todos los países del norte? Obviamente, no. Se puede decir que estamos presenciando grandes migraciones desde el sur hacia el norte (o desde las excolonias hacia las metrópolis). En la segunda posguerra, otra vez hubo emigraciones desde Europa hacia América, por ejemplo, de italianos hacia la Argentina.

Incluso si nos limitamos al momento actual (lo cual es ya una limitación muy grosera), tampoco funcionaría la idea de patrones homogéneos del norte y del sur del mundo. ¿Acaso Estados Unidos tiene excolonias en el sentido europeo? Se podría sostener que la relación con Puerto Rico es una relación colonial, ya que, de hecho, hay 4 millones de puertorriqueños en los Estados Unidos. Pero Puerto Rico destruye cualquier patrón porque los puertorriqueños nacen con pasaporte de los Estados Unidos. Su migración a los Estados Unidos es completamente legal, puesto que a todo puertorriqueño se le otorgan automáticamente todos los derechos y obligaciones de un estadounidense.

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La comparación con los países europeos tampoco funcionaría en relación con la relevancia jurídica del jus solis en todos los países americanos. Aunque esto no es homogéneo en cada continente, son más las diferencias que separan entre sí a los continentes que los aspectos que distancian al “norte” del “sur”.

China, el país más poblado del supuesto “norte” y el más poblado del planeta a la vez, tiene una situación demográfica, un proceso de urbanización y unas normas migratorias que no encajan en ningún patrón general. Es obvio que hay una enorme emigración china a diferentes países, pero sus destinos no están exclusivamente en el norte, sino que incluyen países de Latinoamérica y África.

Además, hay ciertas limitaciones en el territorio chino con respecto a la migración interna y sus derechos ciudadanos son impracticables en la mayoría de los países del mundo. Generalmente, se visibiliza más la migración del sur al norte o de oriente a occidente. Pero esto significa que no solo se ocultan las emigraciones desde Europa, sino también los procesos migratorios de las diferentes regiones del mundo (como las migraciones dentro de África y de América del Sur, o bien las que hay entre Centroamérica y México).

Según las Naciones Unidas, es posible dividir el total del migrantes internacionales actuales aproximadamente en tres tercios: los que migran del sur al norte, los que migran entre países del sur y los que migran entre países desarrollados.

Alejandro Grimson

Docente del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES), Universidad Nacional General San Martín. Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Doctor en Antropología por la Universidad de Brasilia. Realizó estudios de comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Es investigador del Conicet y profesor del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín.

Ha investigado procesos migratorios, zonas de frontera, movimientos sociales, culturas políticas, identidades e interculturalidad. Su primer libro, Relatos de la diferencia y la igualdad, ganó el premio FELAFACS a la mejor tesis en comunicación de América Latina.

Después de publicar La nación en sus límites, Interculturalidad y comunicación, y compilaciones como La cultura y las crisis latinoamericanas, obtuvo el Premio Bernardo Houssay, otorgado por el Estado argentino. Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad mereció el Premio Iberoamericano que otorga la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA). Ha dictado conferencias y cursos en numerosas universidades del país y del extranjero.