“Mami, anoche soñé que desperté en Corea del Norte”

“Mami, anoche soñé que desperté en Corea del Norte”

A un mes del inicio del estallido social en Chile cuesta digerir como la serpiente se muerde la cola. Llegamos a Arica, norte de Chile, el vienes 5 de mayo y al acceder al puesto fronterizo de Chacalluta dejamos el dolor y el miedo de una bomba de tiempo con nombre de país para apostar por el optimismo luego de nueve días de viaje por tierra desde Maracaibo.

Raúl Semprún – Fotos: Jorge Amengual

Atravesamos Colombia, Ecuador y Perú con apenas ropa que ponernos y arribamos en el inicio del invierno. Aun así nos sentimos plenos, como si Antonella, mi niña de tres meses, y Marielba, mi esposa y yo fuéramos peces sin oxígeno que abandonan un estanque lleno de desperdicios y agua sucia para ingresar a un recipiente más amplio, transparente y sin limo.

Es crudo el símil, pero aplica.

Siete meses después hemos superado importantes obstáculos como familia. Camila Alejandra, de 13 años, llevaba cinco meses con su mamá y su hermano en Curicó, región del Maule, a dos horas de Santiago y 5.000 kilómetros menos de la capital zuliana. El imán del corazón es un aluvión de fuerza incontenible.

Creíamos que dejábamos atrás los recuerdos de los atentados con granadas a nuestros carros, los mensajes amenazantes, la mordedura violenta del radicalismo ideológico con traje hamponil.

Santiago no era una pecera diáfana precisamente. Eso lo notamos a los días de llegar y medio-vivirlo. El Metro, ese enorme dragón de siete cabezas, tan funcional y amansador de distancias, como costoso y con tendencia al hacinamiento, nos mostró a unos residentes ensimismados en los videos y la música de sus celulares, con rostros tristes y gestos de impotencia y desconfianza.

Aquí el tiempo pasa más rápido y la dinámica laboral resulta más dura, mecánica y espesa. El ingreso salarial presenta la piel de un boomerang. Se diluye en el pago de arriendo, gastos comunes, condominios, transporte y alimentación. Se vuelve nada.
En el caso de los migrantes venezolanos y del resto de las naciones el impacto no varía. Se camina siempre aunque uno pueda alimentarse bien hacia una cuesta empinada.

El agotamiento desbordó el vaso con el aumento en 30 pesos en las tarifas del transporte sistematizado.

Todo partió con la operación evasión.

Las manifestaciones contra el alza en el precio del boleto del Metro comenzaron el 14 de octubre y fueron convocadas por secundarios, que se coordinaron a través de las redes sociales. Cuando los entrevistaban, decían hacerlo por sus padres, que ya gastan mucho dinero en transporte. El llamado era a evadir el pago saltando las barreras en las estaciones del ferrocarril urbano de Santiago, rezaba en un informe de dw.com.

Lo demás pasó muy rápido. El 18 de octubre Venezuela se vistió de Chile y el caos se empoderó en llanuras, prados, ciudades y cordilleras. De repente regresaron los traumas, los gritos de protesta, la violencia desatada, las barricadas con nichos para vándalos, los perdigonazos sin piedad, las emboscadas policiales y militares, la represión, el robo, el saqueo.

 

Nos encontró todo, a mi y a mi hija menor, antes de embarcar en la estación Unión Latinoamericana de la vetusta Línea 2. Afuera un grupo de jóvenes trataba de ingresar a quemar la estación y los vagones sin importar las decenas de niños, niñas, abuelas, abuelos, mujeres y hombres trabajadores que procuraban huir. Siete hora tardamos en retornar a nuestro hogar, en la comuna de La Florida luego de ocultarnos en las gargantas del sistema de transporte que fue blanco de la destrucción.

Los días siguientes el karma del deja vú abrazó con fuerzas a Marielba. Su trabajo, un instituto de capacitación en idiomas, se encuentra en las cercanías de la Plaza de Armas, adyacente a la Plaza Italia, epicentro de las manifestaciones populares con o sin violencia encapuchada. El retorno del trabajo por las tardes-noches era arriesgar la vida entre disparos, aguas fétidas del guanaco y balas con perfume de plomo. Sin transporte por la inhabilitación inducida del Metro le tocó caminar cada día por hasta cuatro horas para retornar a la seguridad del hogar. Fue durísimo asimilar de inmediato la razón de sus lágrimas.

Rutas de transporte suspendidas, el fantasma viviente de la mano asesina militar, supermercados saqueados y quemados, amenazas de invasión de inmuebles, cacerolazos retadores, ruido de sirenas, discursos desenfocados, civilidad al traste, regresamos al lugar del que huimos sin siquiera recuperar en la memoria la nomenclatura emocional y física de los lugares amados, los sabores de la niñez, el abrazo de los viejos que nuestro corazón espera.

Muele el alma. Queremos paz y eso nos hace ser hasta inmaduros al momento de contextualizar y definir el lado correcto de la historia. A veces la matemática ideológica sucumbe frente a las esquirlas que se clavan en el día a día de las sociedades en trance. Los chilenos se cansaron de ser el eslabón más débil en la cadena alimenticia del sistema de gobierno. Pensiones y tarifas del agua, luz, transporte, electricidad y raquíticos salarios los sacaron a la calle con ánimo de darle un viraje al mismísimo sistema político.

Por ahora suman 23 los fallecidos durante las protestas contra el presidente Sebastián Piñera, mientras el camino a la nueva Constitución que pide la ciudadanía se allana en el Parlamento en un intento de los legisladores por llegar a un acuerdo que destrabe la crisis social.

“Además de las víctimas fatales, los heridos ya suman 2.209, según datos del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Entre los más graves figuran 209 casos de traumas oculares causados por el impacto de balines de goma, perdigones o bombas lacrimógenas.
Mientras las calles siguen en ebullición con miles de personas reclamando un modelo más equilibrado, e ámbito económico ha comenzado a resentirse y el valor del peso chileno se desplomó a mínimos históricos con respecto a dólar: superó la barrera de los 800 pesos por unidad de la moneda estadounidense”, se lee en el informe de un periódico extranjero.

Si hay un momento que identifica lo que sentimos muchos venezolanos se lo expresó a una amiga criolla su hijo mayor, de 7 años, cansado del ruido de bombas, perdigones y consignas humanas de carácter bélico: “Mamá, anoche soñé que desperté en Corea del Norte”.